sábado, 19 de mayo de 2012
Que os aproveche el día
miércoles, 18 de abril de 2012
Un chiste
- No es por fardar, pero mi hijo Julián es un genio. Tiene varias carreras... medicina, ingeniería aeronáutica, perito agrónomo-forestal... cien metros lisos...
- Anda, Montse, no será para tanto... las carreras de los leotardos no cuentan, ¿eh?
- Pues no exagero lo más mínimo... no tengo porqué.
- Ya, ya...
- ¿Y tu hijo Paco? ¿Eh? Vamos, que no es por comparar... pero... tu hijo todavía mueve los labios cuando lee.
- ¿Te refieres a mi hijo Francisco? Pues te voy a decir una cosa para que la sepas. Se sabe la guía de teléfono de Madrid entera, de pe a pa.
- ¡Sí hombre! ¿De memoria?
- No, que va. Razonándola.
...
jueves, 1 de marzo de 2012
Orang-kubus
Su principal observación, como se la describe brevemente a Malinowski, confirma que los orang-kubus son efectivamente los descendientes de una civilización avanzada que, expulsada de su territorio, debió de adentrarse en las selvas del interior, donde padeció una regresión. Así, no sabiendo ya trabajar los metales, tenían lanzas con puntas de hierro y llevaban en los dedos anillos de plata. En cuanto a su lengua, era muy parecida a las del litoral y Appenzzell no tuvo grandes dificultades en aprenderla. Lo que le llamó particularmente la atención fue que usaban un vocabulario extremadamente reducido, que no pasaba de unas cuantas decenas de palabras, y se preguntó si, a semejanza de los papúes, no empobrecían voluntariamente su vocabulario cada vez que había una muerte en el poblado. Una de las consecuencias de este hecho era que una misma palabra designaba una cantidad cada vez mayor de objetos. Así "pekee", la palabra malaya que designa la caza, quería decir indistintamente cazar, andar, llevar, la lanza, la gacela, el antílope, el cerdo negro, el "my’am", una especie de condimento muy fuerte usado copiosamente en la preparación de los alimentos cárnicos, la selva, el día siguiente, el alba, etc. Del mismo modo, "sinuya", vocablo que Appenzzell relacionó con las voces malayas "usi", el plátano, y "nuya", el coco, significaba comer, comida, sopa, calabaza, espátula, estera, tarde, casa, tarro, fuego, sílex (los kubus encendían fuego frotando dos trozos de sílex), fíbula, peine, cabellos, hoja’ (tinte para el cabello fabricado a base de leche de coco mezclada con distintos tipos de tierras y plantas), etc. Si, de todas las características de la vida de los kubus, las más conocidas son estos rasgos lingüísticos, es porque Appenzzell los describió detalladamente en una larga carta al filólogo sueco Hambo Taskerson, a quien había conocido en Viena y que trabajaba entonces en Copenhague con Hjelmslev y Brondal. Observa, de pasada, que tales características podrían aplicarse perfectamente a un carpintero occidental que, usando herramientas con nombres muy precisos –gramil, acanalador, bocel, garlopa, garlopín, escoplo, guillame, etc.-, se los pidiera a su aprendiz diciéndole sencillamente: “Dame el trasto ese”.
La vida instrucciones de uso. Georges Perec
sábado, 7 de enero de 2012
El nómada
Caminando encuentro mi destino.
Viajo ligero de equipaje;
la melancolía mi único traje
o el recuerdo de mi olvido:
mi memoria, es un trofeo perdido.
Sin tiempo para otra copa,
busco de boca en boca
vagando entre desconocidos,
lágrimas de hierro fundido.
Mi recuerdo es efímero y fugaz,
mi huella del todo incapaz.
Mi alma, un reloj malherido.
Y si “caminante, no hay camino”,
estoy pues condenado:
seré un fantasma errado,
alguien equivocado,
en un mundo sin sentido.
domingo, 1 de enero de 2012
Día 1
lunes, 19 de diciembre de 2011
Coruña
El viento despeina con violencia sus largos cabellos, el embate de las olas insiste en devolverla a las profundas aguas de donde proviene. Pero Coruña mira impasible al horizonte con cándida sonrisa; su encanto es la perdición hasta de los más recios marineros.
“Tenía la voz muy dulce, y su sonrisa resultaba encantadora; pero no comprendía ni hablaba ninguno de los idiomas conocidos, y contentábase con responder únicamente con la sonrisa de sus ojos a todas las preguntas que se le dirigía” (Las mil y una noches).
Cuentan que Ulises le tapó a su tripulación los oídos con cera, y se hizo él mismo atar a un mástil para no arrojarse por la borda al oír su música embelesadora. Otros menos precavidos acabaron lanzándose a las bravías aguas atlánticas. El océano guarda en secreto desde entonces la suerte que corrieron aquellos cientos de hombres.
Coruña queda retenida en la memoria como lo hacen los sueños. Su recuerdo es impreciso, borroso, pero vivido. Despertar de su encanto al día siguiente es una triste mañana de resaca. Pero su intenso olor a mar... eso jamás se olvida.

