sábado, 19 de mayo de 2012

Que os aproveche el día

Quisiera escribirlo todo. Desde el principio. De una forma ordenada, sistemática, siguiendo un riguroso orden, preservándolo celosamente… Mi máxima, representada por un viejo emblema, contendría un círculo, símbolo de la razón y el constreñimiento geométrico a la voluntad humana, y bajo éste, escrita con una tipografía seria y grave sobre la cabecera de la cama, se leería aquella consabida consigna del hábito cisterciense “Serva ordinem et ordo servabit te”: Guarda el orden, y el orden te guardará.
La circunspección y el estoicismo mantendrían a raya cualquier pensamiento impuro, por menudo que pudiera parecer, que fuera de naturaleza improvisada. Esta determinación por “hacer las cosas bien” alcanzaría todos los gestos de la vida cotidiana. El orden comenzaría por lo más básico, como el cajón de la ropa interior, clasificado por colores y orden alfabético, para ir alcanzando niveles progresivos de perfeccionamiento hasta llegar a la razón humana, expresada por este sistema que llamamos escritura, de símbolos arbitrarios, sí, pero a la vez, con la voluntad de hacerlos todos coherentes, sin contradicciones, sin impurezas, sin imprecisiones, sin ambigüedades, sin indeterminaciones... Quedaría todo dicho de una vez por todas en una sola retahíla inquebrantable, en una sucesión de palabras que recordaría a un martilleo incesante, al tic-tac de un reloj suizo, consecuente y lógico.
Por eso no habría necesidad del punto y aparte. El texto estaría escrito en perfecta línea recta. Saldría primero de la pequeña habitación, cruzaría el patio y abandonaría la vieja casa. Después atravesaría campos y montañas, edificios y ciudades enteras, ríos, lagos y mares… Como en aquel vídeo de Zbigniew Rybczynski de 1975, Oh! I can't stop!, el texto penetraría en todo lo que osase ponérsele por delante... Hasta que finalmente abandonaría la superficie terrestre por no doblegarse a su curvatura imperfecta, adentrándose en el espacio sideral, imperturbable y ajena al resto del universo, en su camino diligente e impertérrito hacia el lejano infinito.
Una vez alcanzado éste, la línea recta lograría por fin su objetivo: el círculo. Un círculo de radio infinito, sí, pero un círculo tan perfecto y bello como incomprensible para la propia mente humana. El principio se uniría con el fin, el uno con el todo, el blanco con el negro, A sería igual a A y a no A al mismo tiempo… y a su vez todos con todos, superando todas las diferencias Saussurianas que pudieran concebirse. El círculo de radio infinito sería como un gran oxímoron holístico, una forma de Aleph, que encerraría toda la verdad del universo de forma unívoca, y como un gran agujero negro, no dejaría escapar significado alguno fuera de sí mismo. Ni siquiera “la nada” estaría fuera de él, porque incluso ella pertenecería al círculo mismo, a su propia naturaleza, conformando una unidad inquebrantable con “el todo”…
Solo entonces comprendería que habría sido en vano tanto esfuerzo. Que en la imperfección y el desorden están contenidos también sus antagónicos, en la mentira la verdad y en el fin el comienzo. Que en un simple caracol resbalando sobre una pared de yeso está escrita toda la verdad y la mentira del mundo, que todos somos todos, y que estamos atrapados en nuestro círculo perfecto de todas maneras, y que la más alta y perfecta metafísica posible es encontrarle todo el sentido a la vida en una tapa de ensaladilla una mañana soleada de mayo.
Así que os aproveche el día.

miércoles, 18 de abril de 2012

Un chiste

Como hace tiempo que no escribo, contaré un chiste. Es viejo, lo aviso:

- No es por fardar, pero mi hijo Julián es un genio. Tiene varias carreras... medicina, ingeniería aeronáutica, perito agrónomo-forestal... cien metros lisos...
- Anda, Montse, no será para tanto... las carreras de los leotardos no cuentan, ¿eh?
- Pues no exagero lo más mínimo... no tengo porqué.
- Ya, ya...
- ¿Y tu hijo Paco? ¿Eh? Vamos, que no es por comparar... pero... tu hijo todavía mueve los labios cuando lee.
- ¿Te refieres a mi hijo Francisco? Pues te voy a decir una cosa para que la sepas. Se sabe la guía de teléfono de Madrid entera, de pe a pa.
- ¡Sí hombre! ¿De memoria?
- No, que va. Razonándola.
...

jueves, 1 de marzo de 2012

Orang-kubus

Su principal observación, como se la describe brevemente a Malinowski, confirma que los orang-kubus son efectivamente los descendientes de una civilización avanzada que, expulsada de su territorio, debió de adentrarse en las selvas del interior, donde padeció una regresión. Así, no sabiendo ya trabajar los metales, tenían lanzas con puntas de hierro y llevaban en los dedos anillos de plata. En cuanto a su lengua, era muy parecida a las del litoral y Appenzzell no tuvo grandes dificultades en aprenderla. Lo que le llamó particularmente la atención fue que usaban un vocabulario extremadamente reducido, que no pasaba de unas cuantas decenas de palabras, y se preguntó si, a semejanza de los papúes, no empobrecían voluntariamente su vocabulario cada vez que había una muerte en el poblado. Una de las consecuencias de este hecho era que una misma palabra designaba una cantidad cada vez mayor de objetos. Así "pekee", la palabra malaya que designa la caza, quería decir indistintamente cazar, andar, llevar, la lanza, la gacela, el antílope, el cerdo negro, el "my’am", una especie de condimento muy fuerte usado copiosamente en la preparación de los alimentos cárnicos, la selva, el día siguiente, el alba, etc. Del mismo modo, "sinuya", vocablo que Appenzzell relacionó con las voces malayas "usi", el plátano, y "nuya", el coco, significaba comer, comida, sopa, calabaza, espátula, estera, tarde, casa, tarro, fuego, sílex (los kubus encendían fuego frotando dos trozos de sílex), fíbula, peine, cabellos, hoja’ (tinte para el cabello fabricado a base de leche de coco mezclada con distintos tipos de tierras y plantas), etc. Si, de todas las características de la vida de los kubus, las más conocidas son estos rasgos lingüísticos, es porque Appenzzell los describió detalladamente en una larga carta al filólogo sueco Hambo Taskerson, a quien había conocido en Viena y que trabajaba entonces en Copenhague con Hjelmslev y Brondal. Observa, de pasada, que tales características podrían aplicarse perfectamente a un carpintero occidental que, usando herramientas con nombres muy precisos –gramil, acanalador, bocel, garlopa, garlopín, escoplo, guillame, etc.-, se los pidiera a su aprendiz diciéndole sencillamente: “Dame el trasto ese”.

La vida instrucciones de uso. Georges Perec

sábado, 7 de enero de 2012

El nómada

Caminando encuentro mi destino.

Viajo ligero de equipaje;

la melancolía mi único traje

o el recuerdo de mi olvido:

mi memoria, es un trofeo perdido.

Sin tiempo para otra copa,

busco de boca en boca

vagando entre desconocidos,

lágrimas de hierro fundido.

Mi recuerdo es efímero y fugaz,

mi huella del todo incapaz.

Mi alma, un reloj malherido.

Y si “caminante, no hay camino”,

estoy pues condenado:

seré un fantasma errado,

alguien equivocado,

en un mundo sin sentido.


domingo, 1 de enero de 2012

Día 1

Fin de año. Seré elíptico: uvas, champagne, Anne Igartiburu, trajes y corbatas, vestidos y tacones, ropa interior roja, felicitaciones y falsos propósitos. La noche es un regurgitado de todos los anteriores fines de año; Bill Murray atrapado en el tiempo sabe bien de lo que hablo. Feliz 1999 y Feliz 2012 son dos versiones de la misma película. Y tiene todo el sentido: que la tierra haya completado una vuelta al sol es un hecho explícitamente cíclico; su conmemoración debe ser fiel a esa condición, como no, de una forma metafóricamente cíclica.
Sin embargo, mis compañeros de tropelías intentaron dinamitar sistemáticamente lo que pudiera tener de predecible la noche. Quizás la expectación que puedan provocar estas palabras sea exagerada, porque no pasó nada excepcional ni trascendente en un sentido cinematográfico de la vida. Pero ambos tenían una misión: cambiar el curso indefectible de los acontecimientos. Su estrategia fue la de “introducir sistemáticamente ruido en el sistema”.
Les hablaré en primer lugar de HOMBRETÓN (uso pseudónimos, para salvaguardar su privacidad). Cualquier conversación con él deviene irremediablemente en algo fragmentario e irracional. Tiene la cualidad excepcional de la deconstrucción sistemática del lenguaje, con propósitos claramente subversivos. Utiliza estrategias surrealistas, en el sentido Bretoniano del término (de ahí su pseudónimo), para lograr crear este clima de incertidumbre racional. Cualquier expresión lógica es capaz de volverla paranoide al asociarla libremente con otro concepto, extraído de su prolijo e inagotable imaginario que bebe (y como el mismo diría en este momento, y “vuelven a beber, los peces en el río”), de la cultura de masas en general, y más en concreto, de la publicidad y el marketing. Entrar en su juego es perderse en un laberinto onírico donde no hay Minotauro.
En segunda instancia quiero hacer referencia a YETINVADER. Se trata de un creador de imágenes. Su vocabulario es sintético y efectista; su eficiencia se debe al poder de la evocación visual. También deconstruye el mundo, pero en otro sentido no verbal, sino relacionado con el nervio óptico. Es capaz de transportarte a otra realidad espacio-temporal cuando habla. No presta atención alguna al contexto inmediato, sino de una forma despreocupada. Su mente habita otros mundos; una conversación con él es un viaje. De vuelta a la vida real, no eres nunca más la misma persona. Sus imágenes vienen para quedarse, para sedimentar en tu imaginario; cuando menos te lo esperas pueden acosarte, ser regurgitadas en el lóbulo frontal y ponerte en aprietos por no venir al caso: determinadas imágenes mentales tienen consecuencias irremediablemente fisiológicas.
Ahora traten de imaginar una noche de fin de año en su sentido clásico con todos sus ingredientes tradicionales, estando de fondo (no creo que les resulte muy difícil). Superpongan entonces los siguientes conceptos en primer plano: regla de los diez minutos, tormenta solar, Elías de Monte Corona, Yeti, cinturón con pene, fail, chakra, Invader de Bender, Moi (por el Moisés bíblico), Tigretón y el hombre masa. No sigo por no abrumarles.
Comprenderán ahora con mayor precisión lo que trato de transmitirles. Ante una noche de fin de año cualquiera, que se resiste por su naturaleza cíclica y repetitiva a cualquier modificación o cambio sustancial de los acontecimientos, mis compinches trataron por todos los medios de desestabilizar el sistema a base de atentados surrealistas, con la verbalización de conceptos que no venían al caso, trayéndolos a una realidad completamente ajena a su semántica. En su insistencia fueron diligentes. Nunca cesaron en su plan.
Hoy, debido al esfuerzo sobrehumano de encontrar raciocinio a la lluvia de meteoritos surrealistas provocada por HOMBRETÓN y YETINVADER, mi estado mental es absolutamente deplorable, a pesar, le juro, de no haber pasado de la cero-cero. En este sentido, la campaña de mis estimados colegas no tuvo éxito alguno. No pudieron cambiar el destino, incluso diría que paradójicamente (como suele ocurrir en las pelis de “Regreso al Futuro”) contribuyeron a que las cosas sucedieran como tenían que suceder. Porque si el día 1 siempre empieza tragando a toda prisa doce uvas, también es de obligada tradición, terminarlo con una buena resaca (incluso aunque este año no tomara ni una sola gota de alcohol), cerrando de este modo el ciclo perfecto de los acontecimientos.
De todas formas, les agradezco a HOMBRETÓN y YETINVADER la noche. La resaca no ha logrado borrar de mi rostro una marcada sonrisa... Sin duda, repetiremos el próximo fin de año: más que por voluntad propia, por lo deliciosamente inevitable.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Coruña

No hace falta saber el nombre de sus calles, de sus monumentos o plazas, para sentir su canto mágico. Coruña es una sirena que toma el sol en las rocas.

El viento despeina con violencia sus largos cabellos, el embate de las olas insiste en devolverla a las profundas aguas de donde proviene. Pero Coruña mira impasible al horizonte con cándida sonrisa; su encanto es la perdición hasta de los más recios marineros.

“Tenía la voz muy dulce, y su sonrisa resultaba encantadora; pero no comprendía ni hablaba ninguno de los idiomas conocidos, y contentábase con responder únicamente con la sonrisa de sus ojos a todas las preguntas que se le dirigía” (Las mil y una noches).

Cuentan que Ulises le tapó a su tripulación los oídos con cera, y se hizo él mismo atar a un mástil para no arrojarse por la borda al oír su música embelesadora. Otros menos precavidos acabaron lanzándose a las bravías aguas atlánticas. El océano guarda en secreto desde entonces la suerte que corrieron aquellos cientos de hombres.

Coruña queda retenida en la memoria como lo hacen los sueños. Su recuerdo es impreciso, borroso, pero vivido. Despertar de su encanto al día siguiente es una triste mañana de resaca. Pero su intenso olor a mar... eso jamás se olvida.

La Sirena, John William Waterhouse (1900)

miércoles, 30 de noviembre de 2011

La moral del sacrificio

"Bentham adelantó varios argumentos en favor de la tesis de que la felicidad general es el summum bonum. Algunos de estos argumentos eran agudas críticas de otras doctrinas éticas. En su tratado sobre los sofismas políticos dice, en un lenguaje que parece presagiar a Marx, que las morales sentimentales y ascéticas sirven a los intereses de la clase gobernante y son el producto de un régimen aristocrático. Los que enseñan la moral del sacrificio, continúa, no son víctimas del error: quieren que otros se sacrifiquen por ellos"

Historia de la Filosofía Occidental. Tomo II. Bertrand Russel